CURSO EXPERTO EN EDUCACION FAMILIAR

 

ESTILOS Y PAUTAS EDUCATIVAS FAMILIARES

 


En la década de los 60, se comienza a asentar un nuevo marco teórico sobre los estilos educativos paternos, recogiéndose trabajos pasados y planteando retos futuros.

 

En un principio, antes de profundizar más en la cuestión, es necesario preguntarse ¿qué se entiende por estilos educativos?. Pues bien, éstos son esquemas prácticos que engloban las múltiples y detalladas pautas educativas de los padres, reduciéndolas a unas cuantas dimensiones. El resultado de cruzar entre sí dichas dimensiones, dan lugar a los estilos educativos más habituales en educación familiar. Estas dimensiones se caracterizan por pertenecer a polos extremos y contrapuestos. Así es como nos podemos encontrar con (Quintana Cabanas, 1993):

 

- Control firme versus control flexible.

- Cuidado y empatía versus rechazo e indiferencia.

- Afectividad versus hostilidad-frialdad.

- Diálogo padres-hijos bidireccional versus unidireccional.

- Comunicación abierta versus comunicación cerrada.

 

Para comprender el significado de los estilos educativos familiares, habrá que explicar también aquello que ellos engloban, es decir, las pautas educativas paternas.

 

La familia tiene como función, además de cuidar a sus miembros, proporcionarles la educación necesaria que les permita madurar psicológicamente y socialmente. Las pautas educativas facilitan a los padres la puesta en marcha y mantenimiento de la función educativa que han de cumplir. Si disponen de una serie de orientaciones y de actuaciones a seguir, posibilitará a los padres ejercer con mayor y mejor eficacia sus metas y estrategias educativas. Las metas hacen referencia a lo que se quiere conseguir, mientras que las estrategias se refieren a los medios que se disponen para lograr las metas. Las pautas diríamos que se intercalan entre las metas y las estrategias educativas.

 

Para que las pautas educativas sean eficaces deben tener en cuenta una serie de requerimientos esenciales que las avalen (Quintana Cabanas, 1993):

 

1. Deben ser la praxis de unos criterios educativos que las justifiquen.

2. Deben ser consecuentes respecto al hecho de que entre los hijos existen diferencias de edad, sexo y temperamento; lo cual contribuye a que los padres seleccionen para cada uno de ellos respuestas educativas individualizadas.

3. Deben tener en cuenta que, en la actualidad, existe una gran variabilidad de situaciones educativas, lo que lleva a los padres a responder flexiblemente a los comportamientos de sus descendientes.

4. Tienen como objetivo la estabilidad emocional de los individuos, la comprensión de la realidad y la adaptación flexible a las situaciones que se le presenten.

 

A diferencia de los primeros estudios sobre estilos y pautas educativas, se entiende que representan tendencias globales de comportamiento, ya que los padres no hacen lo mismo con todos sus hijos ni en todas las situaciones. Afortunadamente, la pretendida uniformidad en la aplicación de los estilos parentales ha pasado a una imagen más real en la cual los padres se mueven dentro de unos límites un poco más amplios a la hora de seleccionar de modo flexible las pautas educativas (Rodrigo, M. J. y Palacios, J., 1998).

 

 

El primer requerimiento señalado, refleja la importancia de los criterios educativos, ya que éstos justifican la existencia de las prácticas educativas parentales. Los criterios educativos que asuma cada familia condicionará, altamente, la adquisición y consolidación de las pautas educativas. Los estudios actuales sobre criterios educativos giran entorno al grado de eficacia que los padres son capaces de lograr. Es decir, las pautas y estrategias educativas se fundamentan en base a nuevos criterios de eficacia; y éstos a su vez, toman como punto de referencia los conocimientos que se poseen sobre el desarrollo de los hijos. En este sentido, una práctica parental se considera eficaz si resulta adecuada a las peculiaridades evolutivas de los hijos y promociona su desarrollo (Rodrigo, 1995).

 

Las pautas educativas familiares están adoptando un nuevo punto de vista centrado en el niñ@ y no en los padres, y según ésto, el criterio de eficacia de las prácticas es su adecuación evolutiva.

 

Principalmente, y tradicionalmente, se han considerado dos criterios como signos de eficacia educativa de las prácticas parentales. Estos son la obediencia o la conformidad a la norma, y la interiorización de la misma. Sobre ambos criterios volveremos más tarde. A continuación indicaremos cuáles son los principales estilos educativos parentales y sus características más relevantes.

 

Al inicio de este apartado se proporcionó una breve definición sobre los estilos educativos, que consideramos refleja de manera sencilla y aclaratoria que se entiende por tal. Presentamos también una serie de dimensiones (en el presente dichas dimensiones no se consideran polos opuestos sino un «continuum») que permitieron en su día establecer varios diseños de estilos educativos paternos. El diseño que más se ha utilizado para explicar los estilos educativos es el presentado y explicado por Maccoby/Martin (1983). Su diseño tomó como referente el modelo propuesto por Diana Baumrind (1971), (Rodrigo, M. J. y Palacios, J. 1998).

 

Las dimensiones básicas propuestas por D. Baumrind son las siguientes:

 

1. «Exigencia paterna» (parental demandingness) y

2. «Disponibilidad paterna a la respuesta» (parental responsiveness).

 

Toda clasificación es una simplificación de una realidad mucho más rica. Cada clasificación está sustentada por una concepción teórica, y ésta, asimismo, ha de poseer herramientas teóricas.

 

El/la Educador/a Familiar se puede encontrar con padres con escasos conocimientos y recursos para poner en práctica estos criterios tan fundamentales para el bienestar familiar y de sus hijos. El Educador/a puede a través de su formación, mostrar y guiar a los padres hacia la consecución de dichos criterios. A las numerosas preguntas que se pueden hacer los padres sobre como potenciar el conocimiento y la comprensión mutua, así como también la cooperación recíproca (a medida que no sólo los hijos van creciendo sino ellos también). El profesional, adecuando la infomación a cada familia, les puede hacer llegar los siguientes mensajes educativos-evolutivos( Rodrigo y Palacios, 1998):

 

- Hasta los cinco años, un cierto nivel de comprensión de las intenciones y emociones de los padres, junto con la formación de vínculos de apego, sienta las primeras bases que permiten a los hijos acercarse hacia el mundo con confianza y explorarlo activamente. Según Kochanska (1995), el apego seguro parece tener un papel muy importante en la interiorización temprana de las normas en los niños pequeños, creando unas primeras bases para el juego cooperativo y recíproco. Esta cooperación está esencialmente basada en la heterorregulación, debido a la natural asimetría de competencias entre padres e hijos.

 

- Entre los 6 y 10 años, el nivel de comprensión de las intenciones, emociones y cogniciones de los padres permite comenzar a entender algunos de sus puntos de vista sobre las cosas. La dialéctica y la negociación, entre padres e hijos, son los medios más eficaces para profundizar en el conocimiento mutuo. Según Maccoby (1984), la comprensión mutua es más determinante de la calidad de la educación después de lo 6 ó 7 años que antes de esa edad. Gracias a estos avances en la comprensión mutua, se puede llegar a una co-regulación de las conductas del niñ@, de forma que los padres retienen el control y la supervisión, pero dejan que el niñ@ ejerza gradualmente su capacidad de responsabilidad y de autonomía. Rodrigo, Janssens y Ceballos (1997), encontraron que los niños que «leían» con mejor precisión los mensajes de sus madres (un indicio asociado a un mayor conocimiento mutuo) son los que en una tarea cooperativa con éstas mostraban más autonomía, confianza e iniciativa en sus acciones.

 

- A partir de los 11 años, la capacidad de comprensión de los hijos de las intenciones, emociones y cogniciones de los padres así como lo progresos en sus dotes negociadoras, permiten avances definitivos en el conocimiento mutuo. Por ello, los hijos están en condiciones de tener expectativas certeras sobre las posibles reacciones de los padres en situaciones concretas. Ello promueve una transición gradual en los adolescentes hacia mayores cotas de responsabilidad en la realización de actividades y tareas, lo que implica la autorregulación de su comportamiento.

 

El/la Educador/a Familiar también ha de mostrar el camino de cómo hacer sus prácticas educativas más eficaces. En este sentido, el/la Educador/a, debe poner gran énfasis en la importancia de la flexibilidad a la hora de aplicar las estrategias y pautas educativas. Los padres deben saber y ser conscientes de que no existen «recetas educativas» infalibles para todos lo casos. Lo primordial en la educación es saber aplicar de modo flexible distintas estrategias educativas, de acuerdo con ciertos condicionantes como son la edad, el estilo de comportamiento, o la situación particular en la que se aplica la estrategia educativa.

 

Podemos profundizar un poco más en alguno de estos condicionantes (Rodrigo y Palacios, 1998). Por ejemplo, con respecto a la edad de los hijos, son muchos lo padres que tienen dificultades para adaptar sus estrategias de acuerdo con la madurez psicológica de sus hijos, aspecto éste que debe aprender a superar. Como hemos visto en los tres apartados precedentes, el niñ@, a medida que crece, va alcanzando mayores logros cognitivos, sus emociones van madurando y sus intenciones varían también respecto al periodo anterior. De ahí que sea fundamental dejar claro que los procedimientos que pueden resultar eficaces a los 5 años, no son igualmente válidos cuando tienen 10, y mucho menos cuando tienen 15.

 

¿Cómo podemos ayudar a lo padres ante tal dificultad?. El/la Educador/a Familiar ha de indicar a los padres que es necesario, sobre todo durante la etapa infantil, que establezcan límites por que de esta forma podrán hacer comprender a sus hijos «hasta donde pueden llegar». Por otra parte, los mensajes de control que envien a sus hijos deben ser fácilmente traducibles a acciones concretas (p.ej.: no tires papeles; haz los deberes), de esta forma resultan comprensibles para el niñ@. Esto se traduce en una mayor estabilidad psicológica para éstos, ya que comprenden lo que sus padres esperan de ellos, y además son capaces de preveer sus reacciones.

 

Durante la adolescencia, actuar como se ha venido haciendo desde la infancia puede ser peligroso; y es en muchas ocasiones lo que origina que los jóvenes adolescentes se orienten más hacia sus iguales, poniendo en entredicho la validez de las normas parentales.

 

¿Cómo han de actuar los padres durante este periodo evolutivo?. Lo más recomendable es que las prácticas parentales estén basadas en la comunicación, la argumentación y explicación de la norma y en el fomento de la empatía o la reparación del daño. Según la teoría de Hoffman, estas prácticas motivan una buena interiorización de las normas. Además la mayor capacidad cognitiva de los adolescentes permite que entiendan perfectamente estos mensajes más cognitivos, a pesar de su mayor grado de abstracción.

 




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